En Talpa, Juan Rulfo nos presenta el periplo de Natalia, su esposo Tanilo y su cuñado, quien emite la voz que enuncia los hechos narrados; ya en su destino, Talpa, Tanilo muere luego de lograr la visita a la virgen sin encontrar cura a sus males. De vuelta a Zenzontla, el origen de los viajantes, luego del entierro improvisado del muerto, un silencio absorbe a los personajes, mientras que el narrador genera una isotopía respecto a la muerte, esta isotopía, es la hipótesis de este documento, es utilizada, por su carácter iterativo, para zanjar, exponer la pesadumbre por la muerte, para hacer como una marca insistente el remordimiento en el hermano que le sobrevive a Tanilo.Al inicio del cuento encontramos, sin más preámbulos, la imagen de Natalia que ha vuelto de su viaje a Talpa y llora sobre su madre; la mujer de Tanilo casi no ha pronunciado palabra desde el momento de su entierro, tampoco pronuncia palabras al llorar en su casa materna en Zenzontla. El personaje narrador comienza a generar la isotopía de la muerte, donde va evidenciando la culpabilidad, incluso, una culpabilidad que se busca ocultar. Así, apenas en el segundo párrafo del cuento dice con una aliteración marcando el fonema t, como un golpeteo:
“Cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterando los terrones con nuestras manos –dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire lleno de muerte- (las cursivas son mías)”
El llanto de Natalia en los brazos de su madre será la manifestación de su pena, pero es una pena que se expresa por el personaje-narrador como pena, en tanto dolor, por su sentimiento de culpa y corresponsabilidad, el remordimiento guardado fluirá aquí. Así, en el llanto encontramos que afecta a los demás, en Tanilo el llanto es compartido, aunque él no surta lágrimas: “Porque yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados”.
Y, aunque la culpa la manifiesta el hermano de Tanilo sin dificultad, como cuando enuncia: “Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera. Y se murió”, lo que se expresa con más dolor en la isotopía que traigo a cuento, es la pesadumbre por la culpa, no la culpa en sí.
Magdalena González Casillas afirma en su estudio La sociedad en la obra de Juan Rulfo en el apartado sobre “La sexualidad” (1998: 114-115), como se dirá adelante en este trabajo, que el escenario como constante del encuentro adúltero será la noche, la soledad, el escondite:
“En Talpa asistimos a una relación adulterina entre cuñados (...) Era una relación guarecida en las sombras de la noche, oculta en las miradas del cielo, así como todas las que aparecen en las dos obras de Rulfo; amores y amoríos cobijados en la obscuridad (sic) porque necesita la desvergüenza de las hermanas de Tacha o la desbordada pasión conyugal de Susana, para hacerlo a pleno sol (...) Porque la costumbre ancestral implicaba las tinieblas para saborear el misterio de la carne que se perdía al abarcarlo la mirada, aunque el calor, ese excitante erótico que justificaba la sensualidad en el camino de Talpa, estuviera presente en la arena del mar”.
El día, el sol como un infierno dantesco que es preciso cruzar, la penitencia, el dolor otra vez: “Ahora se trata de cruzar el día, de atravesarlo como sea”. Y en:
“Me acuerdo muy bien de esas noches, primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche. Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro”.
“Siempre sucedía que la tierra en que dormíamos (Natalia y su cuñado) estaba caliente. Y la sangre de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban”.
Los puntos más claros donde se enuncia sin rodeos el remordimiento, por encima del arrepentimiento, puesto que es un arrepentimiento que nada logra subsanar, son estos:
“Yo sé que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero es no nos salvará del remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber que Tanilo se hubiera muerto de todos modos porque ya le tocaba”.
“Natalia ahora llora por él, tal vez para que él vea, desde donde está, todo el remordimiento que lleva encima de su alma”.
Son pocas a no ser por estas que refiere el cuñado, las palabras que de vuelta a Zenzontla dice Natalia, las cuales no tienen una historia precisa, real, se sugieren como producto de un murmullo, una visión fantasmagórica del rostro de Tanilo, producto de, puede ser, lo fantástico y de la ensoñación:
“Ella dice que ha sentido la cara de Tanilo estos días (...) La sintió acercándose hasta su boca, escondiéndose entre sus cabellos, pidiéndole, con una voz apenitas, que lo ayudara. Dice que le dijo que ya se había curado por fin; que ya no le molestaba ningún dolor”.
“Yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte; estamos aquí de paso para descansar y luego seguir caminando (...) Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro”.
No sólo es el remordimiento por el remordimiento lo que les causa este estado de insatisfacción, es también la frustración de, más allá del remordimiento o junto con el remordimiento, de no haber logrado el objetivo, deshacerse de Tanilo, ya lo había hecho evidente Natalia, cuando le cuenta la visión del rostro de él, su voz y la petición de estar juntos. Es la presencia constante, ya muerto, de Tanilo, que se confirma, como cuando afirma:
“Habíamos estado juntos muchas veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos ampolladas se metían entre nosotros y se llevaba a Natalia para que la siguiera cuidando”.
Finalmente, la enunciación del periplo y la muerte del hermano ha servido no sólo para evidenciar la culpa que cargan, el remordimiento, sino que es útil para diluir la carga, para aceptarla, luego de una degradación en el texto, yendo desde el “Lo matamos”, a través del “Lo que queríamos era que se muriera (...) era lo que queríamos”, “Tanilo se alivió hasta de vivir”, “ahora que está muerto la cosa se ve de otro modo”, “ya descansaremos bien a bien cuando estemos muertos”, “había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna lástima por ningún Tanilo”, “lo llevamos ahí para que se muriera”, hasta llegar al momento en que el deceso parece natural, sin la inducción de los personajes: “lo había enterrado cuando tuvo que morirse”.
Ya no hay un evidente remordimiento cuando el hermano no menciona ya el “lo matamos” del inicio de la narración, sino que indica sus participaciones como siguiendo las consecuencias de un hecho ajeno, natural, al que hay que atender con el decoro del cristianismo, enterrándolo en el camposanto: “Es de eso del o que quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquél Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa.
Desde luego que en el texto, las oposiciones día/noche han de cobrar gran importancia, vemos cómo en el día se camina, se cansa, duele, en el día se arriba a Zenzontla, se llora y se hace la confesión al rememorar todo el periplo. De día aparece el Tanatos con Tanilo, el Tanatos construyéndose y el Tanatos construido que persigue a los personajes. De noche el Eros, el deseo, el adulterio, están Natalia y su cuñado en el momento de encuentro sexual. Esta oposición generará una relación dialéctica donde la culpa será la síntesis, la culpa, como se dijo al inicio de este texto, no por sí, sino en conjunto con el remordimiento que orilla a la confesión. Este cuento bien podría comenzar como la oración del Yo pecador, o como El Buscón de Quevedo, y afirmar, ante el escarnio público “Yo, señor, soy de Zenzontla”.
Al final, Tanilo permanecerá, como dice su hermano, interfiriendo entre Natalia y él, lo saben los personajes; ya lo único que les resta es dejar fluir el llanto, en el caso de ella, como comienza el texto, y en el caso de él, terminar externando la verdad en su confesión, que es un camino de vuelta por lo vivido los meses anteriores, cada noche, cada enunciación de la muerte a la que llevaron a Tanilo es un punto del que se sujeta la telaraña isotópica, cada iteración tendrá como fin doler, penar, construir, hacer el remordimiento donde lo tanático impera. La precariedad de los personajes los ridiculiza al no poder hacer nada contra esta, su vida, su destino que han construido, un resto de vida con el Tanatos-Tanilo muerto que no los dejará vivir como lo idearon antes de dar un paso para iniciar el recorrido a visitar a la Virgen de Talpa, re-mordiendo como un gran demonio en el infierno en La divina comedia muerde repitiéndose infinitamente, una y otra vez, el cuerpo de Judas, por haber llevado a Jesús a su muerte.
Bib
GONZÁLEZ Casillas, Magdalena (1998) La sociedad en la obra de Juan Rulfo Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco, col. Hojas literarias, ensayo, vol. 6. Guadalajara.
RULFO, Juan (2000) “Talpa” en El llano en llamas Ed. Planeta, México.




